La Pintura de Osiris no es otra cosa que la mutación de los mundos posibles
GANDIDO GERON

”Osiris es un naciente Dalí en la República Dominicana”. Juan Bosch

La pintura es descubrimiento y delirio, más que otra cosa. Esto lo decimos, porque el creador transita por estadios mentales, por vastas y profundas regiones del cosmos que sólo él sabe cuando sus secretos son salvables o invulnerables. El artista —no importa su condición— se enfrenta a una realidad que no soporta, porque sus caminos son impredecibles, cuando no, fantas-magóricos. Para decir “soy pintor”, no basta con hacer cuadros, hay que tener alma de titán; tener una imaginación que traspase los entresijos de la historia; tener ojos de rayo, y una mano mágica y adiestrada que dé impulsó a lo que quiere comunicar, o, hacia dónde quiera llegar. Se trata de algo que puede ser posible o imposible, pero al menos, debe tener un propósito, si desea ser grande o quedarse para siempre en la historia del arte. Osiris Gómez reúne muchos de estos requisitos. A pesar de ser muy joven, su pintura nos sobrecoge, nos inquieta, porque sus módulos plásticos, sus caracteres de inquietante surrealismo figurativo, lo definen como un artista buen experimentador, dotado de un sentido del color, las formas, la perspectiva, la atmósfera y otras dimensiones pictóricas verdaderamente estimables. Su obra plástica contiene un lirismo de indudable acierto. En todos sus coeficientes y despliegues de rendimiento estético, intenso por cierto de expresión y humanismo, hay también la intención de descubrir un mundo diferente al de todos los días. Mediante una simbiosis cromática y surrealista, Osiris consigue toda clase de gradaciones y degradaciones, con las que su mundo de seres y animales, metamorfosean contraposiciones de escenas, de lugares espaciales y efectos psicológicos que arrastran al espectador hacia una estrategia ancestral táctil, y entretejida de evasiones. Tal como acontece en toda pintura surrealista de la calidad de éstas que se exponen en estas salas del Voluntariado de las Casas Reales, el inconsciente opera a través de varias instancias: la angustia y los seres que lo inmovilizan, poseen secretos que sólo la materia conoce. Los cuadros Canción de Lujo, y Mutación del caballo, resultan impresinantes por su equilibrada nitidez tonal, por sus referencias cosmológicas, en fin, por el contrapunto o el despliegue pictórico de sus formas cromáticas, así como por los ramalazos de luz y la variada atmósfera que patentizan. Pero hay otros aspectos que destacar en la pintura de Osiris, y es precisamente, la manera con que él esboza dibujos y composiciones hasta lograr una síntesis y una técnica de gran luminosidad. Se trata de una pintura que nos desasosiega, nos tras-torna, nos inquieta por un lado y, por el otro, nos invita a desnudar la materia cósmica y a penetrar en sus laberintos de seres, objetos y animales que tienen una existencia doble, y tienen la visión de habitar otros mundos, ajenos a la propia invención. Los temas en su pintura no se agotan, reflejan una inverosimilitud secreta para quien los interpreta. El artista está entero en ellos, como símbolo profundo, como universo recóndito, como misterio, y en todo aquello que yo llamo parapsicopintura, porque se trata de las interioridades del ser en su capacidad de perturbar o confundir los horizontes del alma y de la psiquis. Uno, verdaderamente, no acierta a saber si Osiris es un místico moderno que llena de espectros la realidad, la subvierte, la deforma y la vuelve a formar desde una laboriosa experiencia, o, si por el contrario, es un esotérico, un alquimis-ta, un Dalí renovado, excitante, pro-vocador, que se vale de lo supraconsciente y del delirium más embaucador, para convencernos de que él puede pintar otros mundos, otras visiones, que sólo Bretón o Aragón podrían compren-der. Por otro lado, Osiris logra una gama de colores azules, rosas, amarillos, ocres, blancos y negros, que se convierten en una rigurosa síntesis de elementos constructivos indispensables, sabiamente ordenados. Al tiempo que nos revelan la curiosa sensibilidad del artista. Esta sensibilidad le permite incorporar la emoción y la espontaneidad a la idea expresiva que anima su obra. Sus obsesiones personales se convierten en un denso horizonte donde lo real y lo irreal forman parte de un reto, de una tendencia de indudables niveles de competencia entre la materia y las convicciones plásticas. No obstante ser esta la primera exposición de Osiris Gómez es evidente su efervescencia conceptual y su incesante actividad artística, lo que indica que estamos frente a un artista que no sólo promete, sino que es ya, un pintor con dominio técnico y vocación, y que en el futuro lo será con mucha más consistencia.